En la entrevista ataca a Nicki Nicole: “Si quiere, me la cruzo en la Velada y la reviento».

Fati Vázquez ha vuelto. Y lo ha hecho con una entrevista que lo tiene todo: confesiones íntimas, polémicas que siguen coleando, críticas directas y una dosis inesperada de sinceridad que desarma.
Tras tres años prácticamente desaparecida de YouTube, la influencer gallega reaparece con un discurso que mezcla redención, reproche y muchas verdades que incomodan.
Conocida por ser una de las caras visibles del fenómeno de las bromas virales y, posteriormente, por su implicación en el universo de las batallas de freestyle, Fati rememora sus inicios en las redes con una mezcla de orgullo y vergüenza ajena. «Ni me reconozco», admite.
Esa etapa, marcada por su relación con Tobas y el despegue de su canal, la ve ahora como algo que ya no encaja con quien es hoy.
Lejos de renegar, lo observa como un pasado que, aunque le dio popularidad, también le dejó cicatrices.
Durante la charla, Fati no esquiva el tema más espinoso de todos: su relación con Lamine Yamal.
Asegura que lo conoció cuando él tenía solo 10 años, en 2018, y desde entonces las etiquetas no han cesado. “Saltacuna, pedófila…”, recuerda entre resignación e ironía.
Pero lo más duro no ha sido el qué dirán, sino cómo ha sido utilizada, según ella, como pieza en un engranaje de contenido. “Lo que buscó fue un sustituto.
No digo que esté enamorado o deje de estarlo, pero necesitaba una figura femenina para seguir haciendo bromas. Él solo no tiene contenido”, afirma tajante.
Sus palabras no dejan espacio para la duda: siente que fue utilizada, y que lo que siguió después no fue más que una copia de lo que ya había hecho ella.
Ese sentimiento de haber sido reemplazada también se proyecta en su visión sobre las nuevas relaciones del jugador.
Entre risas, se le lanza la pregunta directa: ¿pelearías con Nicki Nicole en La Velada de Ibai? Su respuesta es más que afirmativa: «Soy tan disciplinada que me da igual quién se me ponga delante. Si me meten a boxear, gano.
Me da igual si es Nicki Nicole o quien sea”. Aunque lo dice con tono desenfadado, sus palabras desprenden una intensidad que roza lo desafiante.
Pero detrás de esa fachada de seguridad y energía, hay una historia de dolor y caída. Fati desapareció de YouTube durante tres años.
Un parón que, según confiesa, fue por motivos emocionales. “Estaba triste, no me encontraba, también engordé mogollón”, admite.
Y no es una confesión al azar: se trata de una crítica velada a la presión estética que viven las mujeres en redes.
Dice que no se sentía bien delante de la cámara, que no tenía ganas de grabar si no iba a aportar nada auténtico.
Incluso llegó a recibir comentarios como “te vas a quitar lo único que sirve de ti”, en referencia a su operación de pecho.
Porque sí, Fati se redujo el pecho, pero no por estética, sino por salud. Dolores de espalda, imposibilidad de hacer deporte, dificultad para vestirse… razones que van mucho más allá del físico.
La crudeza con la que habla de su etapa de aislamiento es desconcertante. Reconoce que estuvo «súper gorda», y que su autoestima estaba por los suelos.
Dice que cuando estás mal físicamente y encima recibes críticas constantes, te hundes. Y que aunque lleve diez años en redes, sigue habiendo días donde un solo comentario negativo le afecta más que cien positivos. “Lees un cabrón ahí que te pone algo y te afecta”, dice.
Lo peor, asegura, es que la gente no lo entiende. “Solo contestas a los comentarios malos”, le dicen, sin darse cuenta de que los buenos no duelen, los malos sí.
Y si algo queda claro en toda la entrevista es que Fati ha aprendido a estar sola. Lo dice sin rodeos: sus peores etapas han sido cuando ha tenido pareja.
Se entrega tanto a los demás que se olvida de sí misma. Por eso ahora prefiere estar soltera. «Mis mejores momentos fueron sola. Siempre soltera y entera. Mucho mejor», sentencia.
Durante su parón, volvió a Galicia, se rodeó de su familia, sus perros y su gente de siempre. Dice que eso le ayudó a reencontrarse.
Ahora madruga, entrena, come bien y está enfocada en crear contenido desde un lugar auténtico. “Me levanto a las seis y media, me voy a entrenar. Cuando llegan las diez ya tengo todo hecho. Es otro rollo”.
En paralelo, también ha tenido que enfrentarse a viejos fantasmas. Durante su infancia sufrió bullying: la pegaban, le hacían zancadillas, le quemaban el pelo e incluso llegaron a agredir a su madre.
Todo por no encajar, por llevarse mejor con los chicos que con las chicas, por destacar de alguna manera que nadie supo tolerar.
Años después, sigue sin entender por qué. “Sigo sin saberlo. Nunca lo supe. Ni con psicólogos”.
Antes de ser conocida, trabajó de pinche de cocina, camarera, azafata de congresos y de vuelo. Todo para ahorrar e ir construyendo un futuro.
Hoy vive de las redes, aunque reconoce que es un trabajo inestable. Su OnlyFans, donde asegura no subir contenido sexual, le da esa base de ingresos que le permite mantener una rutina estable. “No hago nada de eso. Ni con pareja he grabado. No va conmigo”.
Sobre sus relaciones en redes, también es clara. Habla bien de quienes la han apoyado, como Vega, pero subraya que nunca aceptó entrar en dinámicas que no le representaban. “Vega se adaptó a mí, no yo a ella”, dice. Un mensaje que deja claro que, pese a todo, conserva su esencia.
En cuanto a sus antiguos compañeros, tampoco se muerde la lengua. Sobre Tobas, afirma que tras romper, él repitió las mismas bromas con otra chica, intentando recrear lo que había tenido con ella. “No intentes repetir lo mismo porque te haya funcionado, porque no te va a funcionar, porque no soy yo”.
Y si algo demuestra toda esta conversación, es que Fati Vázquez ha decidido no callarse más. Lo que fue una influencer alegre y bromista, hoy es una mujer que ha pasado por la tormenta, que se ha roto y reconstruido.
Que sigue siendo sencilla, de pueblo, pero con una historia que va mucho más allá de los vídeos virales.
Una historia que incomoda, que interpela, y que, sobre todo, busca dejar claro que detrás de cada pantalla hay una persona que siente, que sufre, que lucha. Una historia que no se cuenta por visitas, sino por dignidad.



