Ada Lluch: la influencer catalana que que grita contra la inmigración y alaba a Franco en pleno Londres

En apenas unos días, el nombre de Ada Lluch ha pasado de sonar tímidamente en ciertos círculos de redes sociales a ocupar titulares en medios de comunicación internacionales.

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Esta joven catalana de 26 años, nacida en Tortosa, ha irrumpido con fuerza en el panorama político-mediático tras su participación destacada en la masiva manifestación contra la inmigración celebrada el pasado 13 de septiembre en Londres.

Con un discurso de ocho minutos ante una multitud de más de 100.000 personas, Lluch se ha posicionado como un nuevo rostro visible del activismo de ultraderecha europeo, con conexiones directas con figuras de peso en Estados Unidos y Reino Unido.

Lo que ha convertido a Lluch en un fenómeno mediático no es solo su participación en una protesta liderada por el controvertido activista británico Tommy Robinson.

Es también la forma en que ha construido una narrativa personal que mezcla elementos tradicionales de la extrema derecha, xenofobia, anti-islamismo, discurso antiinmigración, con una estética y retórica moderna, moldeada para las plataformas digitales.

En su perfil de Instagram, donde acumula miles de seguidores, se presenta como una “chica con sentido común”, alejada, según sus propias palabras, de cualquier etiqueta política.

Sin embargo, sus intervenciones públicas, tanto en persona como en redes, la alinean de manera clara con el discurso más radical de la derecha internacional.

Durante la marcha de Londres, Lluch no solo se limitó a repetir consignas conocidas. Su intervención estuvo cargada de simbolismo y apelaciones emocionales.

Se presentó como una mujer joven que, preocupada por el futuro de Europa, decidió tomar la palabra ante la pasividad de los hombres: “Si es la primera vez que oyes de mí, no soy política, solo soy una chica española de 25 años que quiere que sus futuros hijos sepan que hizo todo lo que estuvo a su alcance para darles un lugar al cual llamar hogar… en Europa”, dijo ante una multitud que la aclamó.

Con frases como “¡Hombres, protegednos!” o “Dios salve Occidente”, construyó una narrativa de amenaza existencial en la que las naciones europeas, según ella, están perdiendo su identidad por culpa de la inmigración irregular.

Lluch defiende sin ambages la teoría del “Gran Reemplazo”, una idea conspirativa que sugiere que las élites globales están promoviendo activamente la sustitución de la población europea por inmigrantes, especialmente musulmanes.

Esta narrativa, que ha sido calificada como racista y antisemita, ha sido utilizada por varios movimientos de ultraderecha para justificar su oposición a la inmigración y su llamado a políticas más restrictivas.

En su caso, el discurso se mezcla con una visión tradicionalista del papel de la mujer, propia del movimiento “tradwife”, que idealiza la figura femenina como madre y esposa sumisa.

Ada Lluch asegura que no siempre pensó así. En varias entrevistas ha contado que durante su juventud era “woke”, un término despectivo utilizado por sectores conservadores para referirse a personas alineadas con causas progresistas.

La transformación ideológica llegó, según ella misma relata, tras su relación con Joey Mannarino, estratega político conservador estadounidense, con quien estuvo casada entre 2023 y 2024 durante su estancia en Estados Unidos.

Fue a través de él que empezó a asistir a eventos políticos y a frecuentar círculos cercanos al expresidente Donald Trump, con quien aparece en dos fotografías publicadas en su perfil de Instagram.

De hecho, la propuesta de matrimonio de Mannarino, según ha contado Lluch, se produjo después de que Trump les reprochara no estar casados cuando los conoció en uno de esos actos.

En una reciente declaración, dijo que probablemente se afilie a dicho partido en el futuro, aunque por ahora su prioridad es formar una familia y ser madre. “Sería un honor involucrarme en política, pero mi primera prioridad es formar una familia y ser una madre presente”, afirmó.

Su proyecto de vida incluye tener muchos hijos, retirarse de la vida pública si su futuro marido se lo pide, y lanzar una línea de ropa con algodón orgánico, un emprendimiento que encajaría en su estrategia de construir una identidad pública basada en los “valores tradicionales”.

Sin embargo, su exposición no ha estado exenta de polémica. Además de las críticas que ha recibido por sus ideas extremas, también ha sido objeto de reproches desde su propio entorno ideológico.

Tras su aparición en Londres, algunos simpatizantes de su causa la criticaron por llevar una falda que consideraron demasiado corta.

La contradicción entre su discurso conservador y su imagen pública ha servido como munición para sus detractores, quienes la acusan de incoherente o de instrumentalizar su apariencia para ganar visibilidad.

En redes como X (antes Twitter), donde suma más de 370.000 seguidores, se comunica principalmente en inglés y su estilo combina frases provocadoras, ataques a figuras progresistas y burlas hacia medios de comunicación que la cuestionan.

Ha llegado a escribir que “España era mejor con Francisco Franco Bahamonde” y ha insultado abiertamente al presidente Pedro Sánchez y al actor Javier Bardem.

También ha lanzado mensajes con tintes homófobos y sexistas, como cuando afirmó que “cada vez que veo a una mujer saliendo con un hombre progresista, asumo que es lesbiana”.

La lógica de su éxito se apoya en un uso inteligente y calculado de las dinámicas digitales.

Según expertos consultados por varios medios, su lenguaje directo, la simplicidad de sus mensajes y la elección de enemigos comunes permiten que tanto sus seguidores como sus críticos amplifiquen su contenido.

Su estrategia, basada en frases impactantes y posicionamientos extremos, está diseñada para generar viralidad, tanto a favor como en contra. En este sentido, se mueve dentro de una corriente creciente de creadores de contenido que convierten la controversia en capital social.

Ada Lluch ha emergido como una figura incómoda, no solo por sus ideas, sino por su capacidad para convertirse en un rostro reconocible del discurso ultra sin pasar por los canales tradicionales de la política.

Su ascenso plantea preguntas incómodas sobre el papel de las redes sociales en la radicalización de discursos, la atracción de ciertos sectores jóvenes hacia propuestas extremas, y la forma en que la estética y el marketing personal pueden camuflar ideologías excluyentes.

Por ahora, Lluch insiste en que solo es “una chica común” con una causa, pero su presencia en los grandes escenarios de la ultraderecha internacional sugiere que su rol podría ir mucho más allá del de una simple influencer.