Marina Rivera, más conocida como Marina Rivers, se ha convertido en un fenómeno transversal que trasciende las redes sociales para irrumpir con fuerza en la televisión y el debate público.
Nacida en 2003 en Coslada, una localidad del este de Madrid, su rostro es ya habitual en TikTok, Instagram e incluso en los platós de televisión.
Esta noche, la madrileña se enfrenta a su reto más íntimo: una entrevista con Risto Mejide en ‘Viajando con Chester’, donde promete dejar a un lado los filtros y mostrarse como nunca antes.

Rivers es mucho más que una tiktoker con millones de seguidores.
Su evolución ha sido meteórica y calculada, con decisiones profesionales que la han llevado a ocupar un espacio en el prime time que parecía reservado para otro tipo de perfiles.
Marina no solo genera likes: genera conversación, despierta filias y fobias, y sobre todo, consigue lo que muy pocos logran a su edad: estar en boca de todos.
Su salto definitivo a la televisión lo dio gracias a Ana Rosa Quintana y su programa vespertino TardeAR, donde actúa como colaboradora habitual.
En este espacio, Marina ha dejado claro que no está para agradar, sino para defender ideas con firmeza, incluso cuando eso significa enfrentarse a pesos pesados de la televisión como Beatriz Archidona o la propia Ana Rosa.
Uno de los momentos más virales de su paso por el programa fue su discurso sobre la reforma laboral impulsada por Yolanda Díaz. “Si no puedes permitirte tener trabajadores, no abras una tienda”, afirmó tajante.
Sus palabras le valieron aplausos en redes, pero también duros reproches por parte de ex políticas del Partido Popular, que le recordaron la dificultad de ser autónomo en España. Ella no se amilanó. “El Gobierno tiene que mirar por el bienestar de los españoles y si trabajan un montón de horas por un salario indigno, al menos que tengan un poco de tiempo para disfrutar de su libertad”, remató.
Su capacidad para polarizar es una de sus armas. Desde que empezara en TikTok, cuando aún estaba en el instituto, Marina ha sabido construir una identidad mediática muy particular: empoderada, sin miedo a hablar de dinero, cirugía estética o política, y con una seguridad que desarma a muchos.
Hoy acumula más de 6,7 millones de seguidores solo en TikTok, a los que se suman los de Instagram, donde también se muestra activa.
Su marca personal, sin embargo, va más allá del postureo habitual: combina tendencias de baile con mensajes contundentes, colaboraciones con marcas internacionales y confesiones que rompen con la narrativa habitual del influencer ‘perfecto’.
Marina vive actualmente en Madrid, donde hace vida independiente desde que se compró una casa en el centro de la capital.
Estudia Derecho y Economía en la Universidad Rey Juan Carlos, aunque su verdadera ambición está en el mundo jurídico: ha confesado en varias ocasiones que uno de sus sueños es abrir su propio bufete de abogados.
Esa doble vida entre las cámaras y el estudio ha sido clave para su posicionamiento entre la Generación Z, que ve en ella un ejemplo de versatilidad, autenticidad y compromiso.
A nivel mediático, su participación en La Velada del Año, el evento de boxeo organizado por Ibai Llanos, la catapultó todavía más.
Rivers se enfrentó a otra influencer mexicana con el mismo nombre artístico, y aunque la victoria fue suya, la polémica no tardó en estallar.
Su contrincante acusó públicamente a la organización de parcialidad, desatando una guerra de declaraciones en redes. Pero Marina, como siempre, optó por no esconderse.
También participó en MasterChef Celebrity, donde quedó en segunda posición, ganándose el respeto del público por su actitud competitiva y su determinación.
Su paso por el concurso le permitió mostrarse en un entorno más humano y alejado de los focos digitales, lo que reforzó aún más su imagen pública.
En el ámbito más personal, Marina ha sido muy cuidadosa a la hora de mostrar sus relaciones sentimentales.
Aunque durante un tiempo compartió su romance con el también influencer Jcorko, y más tarde se la relacionó con el cantante Robledo, actualmente mantiene una relación con un joven cuya identidad no ha trascendido.
Eso no ha impedido que los fans sigan cada uno de sus movimientos, y más aún cuando se deja ver en ciudades como Los Ángeles, donde fue fotografiada con su nueva pareja.
A pesar de su juventud, Rivers ya cuenta con una vida económica envidiable. Hace un año compró su propia casa en el centro de Madrid, y también se hizo con un coche de alta gama.
Los frutos de sus colaboraciones con marcas como Garnier o Maybelline, de las que ha sido imagen, son evidentes.
Pero esa opulencia no es gratuita: su nivel de exposición, trabajo constante en redes y presencia mediática exigen una dedicación total que ella ha asumido sin pestañear.
No es un secreto que Marina ha recurrido a retoques estéticos. Los labios, más voluminosos que en sus inicios, son la prueba más visible, aunque ella nunca ha tratado de ocultarlo.
En una era donde muchas figuras públicas niegan cualquier tipo de intervención estética, ella lo asume con naturalidad, consciente de que su físico también forma parte del producto que vende.
Las críticas, claro, no han tardado en llegar. Muchos la acusan de banalizar temas serios, de hablar con ligereza de asuntos complejos o de querer ser “una más” en el panorama televisivo sin aportar nada nuevo.
Pero esa mirada simplista pasa por alto una realidad más compleja: Marina Rivers representa un cambio de paradigma. Una influencer que no se calla, que incomoda y que está dispuesta a enfrentarse a gigantes mediáticos sin miedo.
Lo cierto es que, guste o no, Marina Rivers ya forma parte del nuevo ecosistema mediático español.
Una joven que comenzó bailando frente a una cámara y que ahora se ha convertido en un fenómeno social, político y televisivo.
Y eso, en un país donde los ídolos duran poco, ya es todo un logro.
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